H. G. Wells y la tentación tecnocrática

Publicado el 15 de marzo de 2026, 0:48

No he podido contar, por falta de tiempo, el número de libros que mis padres tenían en casa. No fallaría si dijera que sobrepasaba el millar. Entre ellos me encontré con las obras completas de H.G. Wells que me apetecía mucho leer. Leer para descansar de leer, aunque la lectura no me ha producido nunca cansancio pero la idea de “descansar” de tema filosóficos puros y adentrarme en la novela de ciencia ficción de la mano de este grande se me antojaba relajante. Craso error.

 

G. Wells escribía The Shape of Things to Come (La forma de las cosas por venir en español) en 1933, en un mundo herido por la Primera Guerra Mundial y amenazado por nuevas convulsiones. El libro adopta la forma de una “historia del futuro” dictada en sueños a un diplomático, y recorre desde una guerra mundial prolongada hasta la instauración de un Estado mundial tecnocrático que promete paz y progreso. Como humanista cristiano, me interesa menos la exactitud de las profecías que lo que la obra revela sobre una tentación de fondo: imaginar que la salvación de la humanidad puede venir de una élite científica liberada de toda religión.

Tras una guerra devastadora y una crisis económica que lleva al colapso de la mayoría de los Estados, Wells describe un mundo en ruinas, atravesado por plagas, hambrunas y desorden social. De ese caos emerge una “Dictadura del Aire”: los técnicos y pilotos que controlan los medios de transporte acaban imponiendo un gobierno mundial, reorganizan la economía, difunden una lengua común (el “Basic English”) y emprenden un gigantesco programa de reforma de la humanidad. Ese poder tecnocrático, presentado como benévolo, se atribuye el derecho de ejecutar a los disidentes de forma “racionalizada”, hasta el detalle de ofrecerles una muerte “digna” mediante una pastilla de veneno.​

Uno de los ejes más llamativos del libro es la supresión sistemática de la religión organizada como condición para la nueva era. La “Modern State” se reserva el monopolio de la educación y considera indispensable abolir las Iglesias para poder moldear a las nuevas generaciones. En este proceso, la resistencia más fuerte proviene de la Iglesia católica, que es violentamente atacada: Wells imagina al Papa y a la jerarquía gaseados durante una ceremonia, la huida del catolicismo a Irlanda como “último bastión del cristianismo” y, por fin, su reducción a una resistencia marginal antes de su total sometimiento. Al final, incluso el pueblo judío —último núcleo identitario que resiste— termina absorbido en la sociedad global.

No se trata solo de una hostilidad coyuntural. La visión política de Wells había desembocado en una defensa consistente de un “World State” planificado, gobernado por una elite científica y liberado del lastre del nacionalismo y de las Iglesias. En obras como The Open Conspiracy o The New World Order, argumenta que la supervivencia humana exige una “racional consolidación de los asuntos humanos” a escala planetaria, identificada con una forma de socialismo científico y con una revolución cultural contra las instituciones tradicionales, entre ellas el Vaticano.  The Shape of Things to Come no es, pues, una fantasía aislada, sino la dramatización narrativa de ese proyecto: una humanidad salvada por la planificación científica y una religión sustituida por una especie de fe civil secularizada.

Desde un humanismo cristiano, resulta fácil indignarse ante la caricatura anticatólica de Wells. Pero quizá sea más fecundo tomar en serio la experiencia histórica que alimenta su desconfianza: el uso político de la religión, su complicidad con nacionalismos agresivos, su aparente incapacidad para evitar la guerra. El propio Wells reconoció, paradójicamente, que la Iglesia católica fue el primer intento consciente de ofrecer un gobierno universal de la humanidad, aunque juzgara que había fracasado. De fondo late una pregunta que también nos interpela: ¿puede la fe ser fermento de paz en un mundo técnico, o está condenada a ser obstáculo?

Jacques Maritain, escribiendo casi en las mismas décadas, ofrece una respuesta muy distinta a la crisis de la civilización occidental. En Humanisme intégral propone un “nuevo humanismo” que, sin confundir cristianismo y civilización occidental, intenta pensar una sociedad pluralista, democrática y secular en la que los cristianos actúan como levadura, no como poder sacral. Maritain defiende la autonomía de lo temporal, la laicidad del Estado y la libertad religiosa, pero insiste en que la vida política no puede prescindir de una inspiración espiritual que reconozca la dignidad trascendente de la persona. Frente a la tentación tecnocrática, su humanismo pone en el centro a la persona y el bien común, no al aparato anónimo del Estado ni a la supremacía de los expertos.

Si comparamos este horizonte con el de Wells, aparece una diferencia decisiva. Para Wells, la paz y el progreso se alcanzan cuando una aristocracia científica adquiere el poder suficiente para reeducar a la humanidad, eliminando los focos de resistencia —entre ellos, las religiones históricas— en nombre de la racionalidad. Para Maritain, por el contrario, la paz justa no puede ser obra de una casta de técnicos, sino de una comunidad política de personas libres, animada por una concepción alta de la dignidad humana y estructurada por la justicia. Donde Wells ve en la religión un obstáculo, Maritain invita a distinguir entre el cristianismo evangélico y sus deformaciones históricas, y a pensar la presencia cristiana como fuente de crítica a cualquier absolutización del poder, incluido el poder técnico.

Esta oposición se vuelve especialmente actual si pensamos en nuestras propias tentaciones. Hoy no soñamos ya con una “Dictadura del Aire”, pero confiamos con frecuencia en que la inteligencia artificial, los grandes datos o las instituciones globales de expertos puedan resolver los conflictos, gestionar las crisis climáticas o controlar las pandemias casi sin participación ciudadana. Al mismo tiempo, crece una desconfianza difusa hacia las religiones, percibidas como fuentes de polarización identitaria o como residuos premodernos. El imaginario de Wells —un mundo pacificado por la técnica y purgado de fe— resuena, aunque sea de forma atenuada, en el solucionismo tecnológico y en ciertas formas de gobernanza tecnocrática contemporáneas.

Desde un humanismo cristiano, la crítica a ese horizonte no nace de la nostalgia por una cristiandad perdida, sino de la defensa de la primacía de la persona sobre cualquier sistema. La técnica y la ciencia son bienes inmensos, pero se vuelven peligrosas cuando se erigen en criterio supremo y legitiman poderes opacos, incluso si se presentan como “benévolos” o “racionales”. La paz, diría Maritain, exige estructuras internacionales justas, pero también una conversión de las mentalidades, una cultura de derechos humanos arraigada en la idea de persona y una solidaridad real con los más débiles. Nada de eso puede garantizarlo una elite técnica por decreto, ni puede lograrse eliminando la dimensión religiosa, que toca precisamente la conciencia y el sentido último.

Leer The Shape of Things to Come desde esta perspectiva permite, por tanto, una doble experiencia. Por un lado, nos coloca ante la lucidez de Wells: su sensibilidad ante el peligro de las guerras totales, su intuición de la necesidad de estructuras globales y de una educación común de la humanidad, su rechazo de los nacionalismos que conducen al desastre. Por otro, desenmascara la fragilidad de un mesianismo secular que confunde el Reino de Dios con un Estado mundial dirigido por expertos, que sacrifica libertades reales en nombre de una paz administrada y que trata la religión como enemigo a extirpar.

 

Tal vez la tarea del humanismo cristiano hoy sea justamente esta: escuchar en la utopía wellsiana el miedo real ante la guerra total y el caos, y confrontarlo con las guerras concretas de nuestro tiempo. Pienso en los conflictos armados prolongados, en las zonas del planeta convertidas en laboratorio de armas, en la normalización de la violencia sobre civiles y en el uso cínico del lenguaje de “operaciones especiales” o “intervenciones humanitarias” que oculta la realidad de la guerra. Frente a esto, la tentación wellsiana reaparece bajo otras formas: creer que bastará con una arquitectura de seguridad gestionada por expertos, un control tecnológico de fronteras y flujos, o una gobernanza global cada vez más opaca para “pacificar” el mundo.

Desde un humanismo cristiano inspirado por Maritain y por el magisterio contemporáneo, el horizonte ya no puede ser solo el de la “guerra justa” como criterio residual, sino el de una paz activa, estructuralmente desarmada. La paz no se reduce a equilibrio de fuerzas ni a administración de conflictos, sino que exige desmontar las causas de la guerra: injusticias económicas, desprecio sistemático de pueblos “prescindibles”, cultura de enemistad. En este sentido, la imaginación política de Wells —un poder técnico que impone la paz desde arriba, incluso por la fuerza— contrasta con la apuesta cristiana por una paz que nace desde abajo: de la conversión de las conciencias, de la construcción paciente de instituciones internacionales al servicio del derecho, de la defensa incondicional de las víctimas y de la renuncia progresiva a la lógica de la disuasión armada.

Leer The Shape of Things to Come hoy puede ser, entonces, un ejercicio de discernimiento: reconocer la legitimidad del horror de Wells ante la guerra y su intuición de la necesidad de un orden mundial más justo, pero rechazar la respuesta tecnocrática que sacrifica libertad, pluralismo y religión en nombre de la paz. El humanismo cristiano ofrece otra salida: no un “Estado mundial” omnipotente, sino una comunidad de pueblos y naciones que se reconocen responsables unos de otros; nada de una humanidad homogeneizada, sino una familia humana reconciliada en su diversidad; en absoluto la eliminación de lo religioso, sino su purificación y su compromiso activo por la justicia y la no violencia. En un mundo armado hasta los dientes, no podemos tildar esta perspectiva de ingenuidad, sino la única forma de esperanza que no se rinde ante la guerra ni se deja seducir por sus soluciones fáciles.

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