Son las cosas que pasan. Que vas tirando del hilo y de una idea vas a otra y te encuentras con algo que llama tu atención y te quedas ahí colgado. Media hora después te das cuenta de que te has alejado bastante de tu foco principal, pero lo que has descubierto, en ese momento, te ha parecido fascinante y durante esos minutos te ha entusiasmado encontrar algo que para ti es novedoso. Te emociona incluso.
A esto, si le queremos llamar de manera formal, se le llama “deriva investigadora”. Si quieres algo más poético e inspirador, pues, “serendipia”. Curiosa palabra. A lo que iba, estoy trabajando en un texto que puede acabar en formato libro. Tengo la idea y me encuentro en la fase preparatoria; el tema es la relación entre la máquina y el ser humano desde el punto de vista ético y psicológico. Y un simple pie de página me sale el nombre de Iván Efremov. La ruta no ha hecho más que comenzar. La siguiente estación, su obra “La nebulosa de Andrómeda”.
Una historia que abre el camino
¿De qué va la obra? Pues, imagínate un futuro tan lejano que la humanidad ya no viaja sola por la galaxia. Varias civilizaciones, incluyendo la nuestra, están conectadas por algo llamado el Gran Círculo: una especie de internet interestelar que transmite información científica y cultural más rápido que la luz. Un buen día, uno de los planetas más importantes dentro de ese sistema enmudece sin previo aviso. La nave Tranta sale a descubrir qué pasó, y encuentra una catástrofe inesperada. Pero el verdadero problema llega cuando, de regreso a casa, caen atrapados en la gravedad de una Estrella de Hierro. Allí los esperan los restos de una expedición anterior… y una nave extraterrestre llena de misterios.
Esa historia se publicó en 1952 con el nombre de La Nebulosa de Andrómeda. Hoy es un clásico de la ciencia ficción rusa, y se atrevió a hacer algo que muy pocas novelas soviéticas habían intentado antes: proyectar a la humanidad más allá de unas pocas décadas. Hay quien dice que es una utopía comunista; quien jura que es una crítica disimulada a Stalin. Pero lo que nadie discute es que este libro marcó el camino de toda la ciencia ficción soviética moderna. Sin él, probablemente no existirían autores como los hermanos Strugatski o el polaco Stanisław Lem. Que no tenía ni idea de quiénes eran, pero, una vez más, picado por la curiosidad, me intereso por los nombres de marras.
Nombres que aparecen en el camino
Los Strugatski eran un dúo perfecto: Arkadi, el impulsivo traductor de idiomas, y Borís, el frío astrofísico. Juntos crearon el llamado "Universo del Mediodía", una utopía comunista sin dinero ni gobiernos, pero que con el tiempo se fue llenando de dudas, burocracia y críticas veladas al poder soviético. Sus novelas son una montaña rusa filosófica: en Es difícil ser un dios te preguntan si tienes derecho a intervenir en una civilización atrasada; en Picnic junto al camino (la que inspiró la película Stalker) unos aliens pasan de largo, tiran su basura cósmica y los humanos se matan por recolectarla. Todo con un humor absurdo que los rusos todavía citan de memoria.
Del otro lado, Stanisław Lem era el escéptico cibernético: no creía en el diálogo bonito con extraterrestres. Para él, cualquier inteligencia alienígena sería tan radicalmente otra que jamás podríamos entenderla. Su obra maestra, Solaris, es justamente eso: un planeta océano que, en lugar de hablar, te devuelve los fantasmas de tu propia culpa. Los entendidos del tema dicen que los Strugatski escribían con el corazón en la mano y el dedo apuntando al sistema, mientras que Lem observaba desde la frialdad de la ciencia. Sin embargo, algo los unía: los tres, a su manera, le demostraron al mundo que la ciencia ficción de la cortina de hierro era algo más que cohetes y utopías. La filosofía que subyace en sus escritos desenfunda su valor crítico y, al menos para mí, hijo de la ciencia ficción de Asimov y H. G. Wells, me invita a reflexionar sobre la ética, la política y el futuro desde una perspectiva desconocida pero interesante. Quién me iba a decir que algún día escribiría sobre la ciencia ficción soviética.
Mi manera de mirar la ciencia ficción
Me gusta la ciencia ficción, Star Wars, Star Trek, Battlestar Galactica, y también autores como Philip K. Dick o Arthur C. Clarke, pero cuando me siento a ver una película busco otra cosa: la pregunta de fondo, la inquietud filosófica, ese momento en que el relato te obliga a pensar. Las grandes batallas y el despliegue de efectos pueden impresionar un rato; a mí, con frecuencia, me cansan pronto si detrás no hay una idea que merezca la pena.
Y ahora me aparece este universo ignoto: la ciencia ficción soviética.
Al otro lado del Telón de Acero
Cuando se habla de ciencia ficción, la mayoría imagina naves imperiales, soldados galácticos o robots gigantes. Pero al otro lado del Telón de Acero, durante buena parte del siglo XX, se escribía una ciencia ficción muy diferente. Allí, en la Unión Soviética, el género no servía para vender palomitas, sino para hacer preguntas incómodas, esquivar a la censura y, de paso, imaginar un futuro que nunca llegó.
Los primeros pasos: utopías al servicio de la Revolución
Tras la Revolución de 1917, la ciencia ficción soviética nació con una misión clara: mostrar un futuro comunista feliz. Autores como Alexander Beliaev —apodado el "Julio Verne ruso"— escribían aventuras científicas optimistas, llenas de tecnología al servicio del pueblo y científicos heroicos. No había espacio para el pesimismo.
Pero todo cambió con la llegada de Stalin. Durante sus brutales purgas, imaginar futuros alternativos se volvió un acto peligroso. Cualquier historia podía leerse como una traición velada. Muchos escritores se callaron. Otros, directamente, se exiliaron. El género entró en una larga y fría hibernación.
El Deshielo: la ciencia ficción aprende a morder
La muerte de Stalin en 1953 trajo consigo el llamado "Deshielo", impulsado por Nikita Jrushchov. De repente, los escritores podían respirar un poco. Y fue entonces cuando apareció Iván Yefrémov con su novela La Nebulosa de Andrómeda (1952). Por primera vez, una obra soviética se atrevía a mirar siglos hacia adelante, más allá de las siguientes cinco décadas.
Pero lo más importante es que los autores descubrieron una estrategia maestra: usar la ciencia ficción como caballo de Troya. Escondieron críticas al totalitarismo, a la burocracia y a la represión dentro de civilizaciones alienígenas y algunos experimentos científicos fallidos. El cosmos se convirtió en una pantalla donde proyectar todo lo que no podía decirse en voz alta.
Una ciencia ficción distinta
Para mí, lo que vuelve singular a la ciencia ficción soviética tiene que ver con el tipo de conflicto que propone. Hay poco de batallas espectaculares y la lógica binaria de vencedores y vencidos queda desterrada. El centro de gravedad se desplaza hacia otra parte: el ser humano enfrentado a sus propios límites cognitivos, a un universo que se resiste a ser comprendido. El enigma surge como centro de la historia. Incluso cuando aparecen formas de vida extraterrestre, su función rara vez consiste en invadir o destruir; más bien descolocan, obligan a repensar lo que se creía seguro. Hay una inquietud epistemológica constante, una sensación de que conocer implica también perder certezas.
En ese escenario, la figura del héroe adquiere un perfil distinto. El culto al guerrero o a la fuerza física desaparece. El protagonismo recae en científicos, ingenieros, matemáticos, exploradores del conocimiento. La inteligencia, en su versión más paciente y rigurosa, se convierte en la verdadera potencia transformadora. Y, sin embargo, este impulso racional convive con una tonalidad emocional peculiar: un optimismo atravesado por la fragilidad. Muchas historias avanzan entre fracasos, accidentes, proyectos que se derrumban. Aun así, persiste una confianza, casi obstinada, en que la humanidad seguirá buscando. Tal vez no alcance respuestas definitivas. Tal vez solo logre formular mejor las preguntas. Pero esa perseverancia, esa negativa a abandonar la interrogación, constituye el núcleo ético más reconocible del género.
Los nombres que cambiaron las reglas del juego
Dentro de esa galaxia de autores, hay dos constelaciones que brillan con luz propia.
Los hermanos Strugatsky: crítica y ficción
Arkadi (1925-1991) y Borís (1933-2012) Strugatsky son los gigantes indiscutibles del género. Arkadi era un traductor impulsivo y emocional. Borís, un astrofísico metódico y frío. Juntos crearon el "Universo del Mediodía": una utopía comunista sin dinero ni gobiernos… que con el tiempo se fue llenando de dudas, burocracia y críticas cada vez más mordaces al poder soviético.
En Es difícil ser un dios (1964), plantean un dilema brutal: si sos un observador encubierto en una civilización atrasada y violenta, ¿intervenís o mirás para otro lado? En Picnic junto al camino (1972), unos alienígenas pasan de largo, tiran su "basura" interestelar, y los humanos se matan por recolectar esos fragmentos absurdos y mortales. Esa novela inspiró la película de culto Stalker (1979), dirigida por Andréi Tarkovsky.
Y no todo es grave: en El lunes empieza el sábado (1965), escribieron una comedia disparatada sobre un instituto de investigación mágica. Los rusos todavía citan sus frases de memoria.
Stanisław Lem: el escéptico cibernético
El polaco Stanisław Lem (1921-2006) era todo lo contrario. Podríamos considerarlo como profundamente escéptico y no creía en el diálogo bonito con extraterrestres. Para este autor, cualquier inteligencia alienígena sería tan esencialmente otra que jamás podríamos entenderla. Su obra maestra, Solaris (1961), cuenta la historia de un planeta cubierto por un océano que parece inteligente y que, en lugar de hablar, proyecta los recuerdos más dolorosos de los científicos que lo estudian.
El misterio se adueña de la trama, que no la suelta en ningún momento.
Lem también fue un brillante satírico. En Ciberíada, una colección de cuentos protagonizada por "constructores" robóticos, parodia los mitos clásicos y la estupidez humana con un humor tan absurdo como preciso.
El final de una era y su herencia
Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, la ciencia ficción soviética como proyecto cultural se fue con ella. Sin embargo, algunos expertos consideran que sus ecos no se apagaron. Autores como los Strugatsky y Lem siguen siendo lectura obligada para cualquiera que quiera entender la ciencia ficción como algo más que entretenimiento.
Si, por un lado, Hollywood nos enseña a resolver todo con láseres y tremebundos efectos especiales, finalizando casi todos sus guiones con una gran explosión, la ciencia ficción soviética nos recuerda que los mejores viajes interestelares son los que terminan con una pregunta. La pregunta por el ser humano. Eterna, incontestable, maravillosa.
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