El fracaso como escándalo moderno. Una reflexión desde Søren Kierkegaard y el humanismo cristiano

Publicado el 8 de julio de 2026, 0:31

Fracasos que duelen. Fracasos que avergüenzan. Los primeros pertenecen a la condición humana: perder una oportunidad, o equivocarse en una decisión, incluso comprobar que un proyecto amado no llega a realizarse. Los segundos nacen de una cultura que ha convertido el éxito en medida de la dignidad personal. Hacer las cosas bien no es suficiente, hace falta demostrar, además, que uno progresa, destaca, produce, triunfa.

Vivimos expuestos a una especie de escaparate permanente: se exhiben los logros académicos, los viajes, los cuerpos, las relaciones, la eficacia profesional, incluso la propia felicidad. El fracaso queda relegado a la intimidad, como si revelara una deficiencia moral. Quien fracasa siente que ha perdido algo más que una meta. Teme haber perdido valor ante los demás y ante sí mismo.

Ese es el escándalo moderno del fracaso: nada de tratarlo como una experiencia dolorosa que pueda atravesarse, comprenderse, incluso integrarse en una vida más verdadera. Se vive como una sentencia. Como una mancha. Como la prueba de que uno ha quedado fuera de la carrera.

Kierkegaard comprendió esa herida con una lucidez sorprendente. Su pensamiento sitúa al ser humano ante una pregunta más exigente: ¿quién eres cuando se desmorona la imagen que habías construido de ti mismo?

Para él, la desesperación y tristeza no es lo mismo. Puede manifestarse en el abatimiento, sí, pero también puede ocultarse bajo una vida aparentemente exitosa. Una persona admirada, activa, reconocida, puede estar desesperada igual. La desesperación aparece cuando el “yo” se pierde, y deja de querer ser quien verdaderamente es, o cuando pretende construirse al margen de aquello que lo funda. En La enfermedad mortal, Kierkegaard describe el “yo” como una relación que debe llegar a ser ella misma; pero la crisis surge cuando esa relación se rompe o se falsea.

La modernidad conoce bien una de esas formas de desesperación: querer ser alguien distinto de quien uno es. Optamos salvajemente a la versión eficaz, visible y segura que el mundo premia. Queremos presentarnos sin fisuras, capaces de convertir cada caída en una historia inspiradora, cada pérdida en una lección rentable, cada herida en una oportunidad de crecimiento. Hasta el dolor debe producir algo.

Pero bien sabemos que hay derrotas que no se convierten rápidamente en aprendizaje. Los duelos y las pérdidas tardan años en curarse. Vocaciones frustradas, enfermedades, separaciones, precariedades, hijos que no llegan, trabajos que se pierden, amistades que se rompen. También hay fracasos que proceden de nuestros propios errores y hay que asumir responsabilidades. Resolverlo todo con un lema de autoayuda es, a veces, añadir una nueva violencia a quien ya está herido.

El humanismo cristiano parte de otro lugar. Reconoce que el ser humano tiene una dignidad anterior a su rendimiento: no depende de la utilidad, de la productividad ni de la aprobación social. La persona vale porque es persona, alguien irreductible, llamado a una plenitud que ningún éxito mundano puede agotar.

Esto realmente cambia el modo de mirar el fracaso. Sigue sin ser deseable. No creamos que el cristianismo glorifica el sufrimiento ni invita a resignarse ante la injusticia. Hay fracasos que reclaman reparación, lucha, denuncia, ayuda concreta. Una sociedad que abandona a quienes quedan fuera del mercado laboral, del sistema educativo o de la estabilidad afectiva no puede tapar su indiferencia con discursos sobre la fortaleza interior.

Pero el humanismo cristiano también recuerda que la caída no tiene la última palabra sobre una vida. La persona herida conserva una dignidad que ninguna derrota puede cancelar. A veces, justo cuando se derrumban las seguridades, aparece la pregunta decisiva: ¿en qué había puesto yo mi esperanza?

Kierkegaard llevó esta cuestión hasta el final en Temor y temblor. Su lectura de Abraham le sirve para mostrar el carácter paradójico de una fe que no se puede reducir a cálculo, prestigio social o éxito visible. La grandeza de Abraham está en la radicalidad de una confianza que atraviesa la oscuridad sin garantías. Su grandeza no reside en obtener un resultado admirable. El fracaso puede convertirse, así, en un lugar de verdad. Porque rompe la ilusión de autosuficiencia. Mientras todo funciona, es fácil pensar que somos dueños de nuestra biografía. Cuando algo esencial se quiebra, descubrimos que la vida no obedece del todo a nuestros planes. Y descubrimos que necesitamos a otros.

Esa necesidad resulta muy molesta para el ideal contemporáneo de independencia absoluta. Pedir ayuda parece una derrota. Reconocer límites parece una humillación. Mostrar fragilidad parece una imprudencia. Pero una existencia humana madura consiste en aprender a recibir, agradecer, cuidar y dejarse cuidar.

El fracaso puede devolvernos esa verdad elemental: nadie llega a ser plenamente humano en soledad. Hace falta una comunidad que deje de admirar solo a los vencedores, y sea capaz de permanecer cerca del enfermo, del desempleado, del adolescente perdido, de quien atraviesa una ruptura, de quien ha envejecido, de quien no cumplió las expectativas que otros pusieron sobre él.

Tal vez una sociedad se mide también por cómo mira a quienes fracasan. Puede tratarlos como restos de un sistema competitivo, o como culpables de su propia caída. Puede exigirles una rápida reintegración para que vuelvan a ser útiles. O puede reconocer en ellos, sencillamente, un rostro, una historia, una dignidad que reclama respeto.

La tradición cristiana introduce aquí una inversión profunda. El centro de la fe es el Crucificado. La cruz no convierte el dolor en espectáculo ni santifica cualquier derrota; revela que Dios entra en el lugar del abandono, de la humillación, de la impotencia. Por eso, para el cristiano, ninguna vida queda definitivamente identificada con su fracaso.

La resurrección tampoco es una promesa barata de éxito. No asegura que todo saldrá como deseamos. Habla de una esperanza más profunda: lo que ha sido vivido con verdad, amor y entrega no se pierde sin más. Incluso en la ruina puede abrirse un futuro. Incluso después de una caída puede recomenzar una vida.

Kierkegaard escribió contra la ilusión de una cristiandad cómoda, integrada en las convenciones sociales y satisfecha de sí misma. Cada persona debe apropiarse de su propia existencia, responder por ella, ponerse ante Dios sin esconderse detrás de la multitud. La fe, para él, requiere una renovación constante. No funciona como una posesión segura, adquirida de una vez para siempre.

Quizá por eso el fracaso pueda ser, en determinados momentos, una puerta estrecha hacia una vida menos superficial. Obliga a abandonar papeles que ya no sostienen. Hace caer máscaras. Destruye ciertas seguridades. Y deja al descubierto una pregunta que el éxito consigue silenciar durante mucho tiempo: ¿qué permanece cuando ya no puedo demostrar nada?

Permanece la persona, y su dignidad. Permanece la posibilidad de amar y de ser amado, y la responsabilidad de levantarse, cuando sea posible, sin fingir que no ha habido herida. Y permanece, para quien cree, la certeza de que Dios no se retira del lugar donde nuestra vida parece haber perdido brillo.

El fracaso seguirá siendo doloroso; no hace falta embellecerlo. Pero quizá deje de ser un escándalo cuando comprendamos que una vida humana no se mide por la suma de sus victorias, sino por la verdad con que ha sido vivida, por el amor que ha sabido dar y recibir, por la fidelidad con que ha atravesado sus noches y por la esperanza que ha conservado cuando ya no quedaban aplausos.

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