Me pregunto: ¿Y si el «show» termina ocupando el lugar de la verdad? Sobre la visita de León XIV y el panem et circenses

Publicado el 13 de junio de 2026, 13:32

Reconozcamos que hay algo profundamente humano en sentirse atraído por los grandes acontecimientos. Nos fascinan las multitudes, los símbolos, los escenarios solemnes y las imágenes capaces de condensar una emoción colectiva. Música con los suficientes decibelios como para que te entre por los poros de la piel. Un lema ingenioso y cifras de asistencia desorbitadas. Ocurre en el deporte, en la política, en la cultura y también en la religión.

La reciente visita del papa León XIV a España ha movilizado a cientos de miles de personas. Sin duda, las imágenes son poderosas. Los encuentros multitudinarios, las celebraciones litúrgicas, las referencias culturales y la repercusión mediática, brutal en este caso, han generado una enorme atención pública. Todo ello tiene valor, sobre todo cuando el mensaje central ha sido, y sigue siendo, recolocar la dignidad humana en el centro de la vida pública y política, en todas sus dimensiones.

El problema es que puede haber momentos en los que el acontecimiento eclipse el mensaje y, entonces, la “fotografía” sustituye a la reflexión. La cuestión es que, si hasta ahora hemos sido espectadores, ya nos toca ser ciudadanos activos.

Como esta preocupación no es nueva, me ha dado por recordar a algunos pensadores de la historia de la filosofía que le han dado unas cuantas vueltas al asunto. Y, desde luego, a mí me han hecho pensar. Por eso quiero compartir esta búsqueda y apuntar una conclusión final.

Desde la antigua Roma hasta nuestros días, numerosos filósofos han advertido del riesgo de convertir la vida pública en una sucesión de emociones fugaces.

El primero en denunciarlo fue Juvenal. Hace casi dos mil años observó cómo una parte de la ciudadanía romana parecía haber renunciado a participar activamente en la vida política a cambio de entretenimiento y seguridad material. Su célebre expresión, panem et circenses, sigue conservando una vigencia inquietante. El ciudadano corre el riesgo de convertirse en espectador.

Muchos siglos después, Ortega y Gasset percibió un fenómeno parecido. En La rebelión de las masas describió la aparición de un hombre satisfecho consigo mismo, poco dispuesto al esfuerzo intelectual y cada vez más cómodo en la superficie de las cosas. Vamos a ver: lo que necesita la democracia son ciudadanos; el espectáculo necesita audiencia. No es lo mismo.

En Hannah Arendt la perspectiva es diferente. La filósofa alemana considera que toda vida pública sana exige una referencia compartida a los hechos. Es decir, sin un suelo común de verdad, todo el espacio público se resquebraja, la convivencia se debilita emponzoñando la participación ciudadana. Si las emociones sustituyen sistemáticamente a la realidad, la política deja de ser deliberación y puede convertirse en mera representación.

Guy Debord dio un paso más. Su diagnóstico fue radical. Según él, la sociedad contemporánea ya está en una fase en la que las imágenes reemplazan a la realidad. Ya no la reflejan, por lo que vivimos rodeados de representaciones que acaban pareciendo más importantes que aquello que representan. El espectáculo se convierte en el  principio organizador de la vida social .

Una intuición bastante parecida aparece en Jean Baudrillard. Su teoría de los simulacros describe un mundo en el que las copias adquieren más relevancia que los originales. Es como si la apariencia se independizara de la realidad y comenzara a vivir por cuenta propia. A mi, personalmente, me resulta difícil imaginar una descripción más adecuada para ciertas dinámicas de las redes sociales contemporáneas.

Neil Postman observó el problema desde el ámbito de la comunicación. Escribió una obra, Divertirse hasta morir, que muestra cómo los medios pueden transformar cualquier asunto serio en una forma de entretenimiento. La educación, la religión, la política o la cultura terminan sometidas a la misma lógica: captar la atención durante unos segundos.

En su obra titulada Homo videns, Giovanni Sartori profundizó en esta crítica. La cultura visual aporta ventajas indudables, sin embargo, puede reducir la capacidad para el pensamiento abstracto y la reflexión compleja. El ciudadano, incluso el que se considera informado, corre el riesgo de convertirse en un simple consumidor de imágenes.

Zygmunt Bauman señaló otra consecuencia. En una sociedad dominada por la inmediatez, incluso los compromisos más profundos se vuelven líquidos. Todo es provisional. Todo parece pasajero. Y, por ende, las convicciones.

Byung-Chul Han ha actualizado esta crítica para la era digital. Paradójicamente, nunca habíamos tenido acceso a tanta información y nunca había resultado tan difícil encontrar silencio, profundidad y discernimiento. La saturación informativa genera ruido. Y el ruido dificulta la comprensión.

Jacques Ellul advirtió que la propaganda moderna ya no opera principalmente mediante la censura. Funciona gracias a la abundancia. El ciudadano cree estar plenamente informado mientras permanece atrapado en una corriente continua de mensajes que rara vez tiene tiempo de analizar.

Finalmente, Jacques Maritain aportó una advertencia especialmente relevante para nuestro tiempo. El filósofo francés defendió que la democracia solo puede sostenerse sobre ciudadanos educados moralmente y comprometidos con la búsqueda de la verdad. Si es la propaganda, la manipulación emocional o los intereses ideológicos los que ocupan el centro de la vida pública, la democracia comienza a vaciarse desde dentro.

Quizá por eso convenga preguntarse qué quedará de esta visita papal cuando desaparezcan los focos y las retransmisiones. Dentro de unos meses apenas recordaremos algunas imágenes. Tal vez olvidemos las cifras de asistencia. Posiblemente nadie recuerde ya el encuadre exacto de las fotografías.

La cuestión importante es otra.

¿Hemos escuchado realmente lo que se ha dicho sobre la dignidad humana, la fraternidad, la acogida, la responsabilidad política, la cultura del encuentro o el bien común?

El «show» pasa. El mensaje tiene vocación de quedarse.

Una sociedad que pierde la capacidad de distinguir entre ambas cosas corre el peligro de terminar alimentándose únicamente de pan y circo cuando lo que más necesita es verdad, pensamiento, compromiso y esperanza.

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