Esto es un atrevimiento. Mientras escribo, me acuerdo de mi director salesiano, José Joaquín Gómez Palacios, que ese sí sabía de fútbol y sí sabía escribir en profundidad sobre el tema. Pero me he visto tan “acosado” (no es tan así, pero para darle un poquitín de dramatismo a la cosa) por las noticias de este Mundial, que me han llenado la cabeza de ideas y reflexiones que no han parado de bullir. Solo sacándolas a la luz, en formato texto, dejarán de ocupar espacio en mi mente.
El fútbol como fenómeno social
Empecemos. Ha terminado el Mundial de fútbol de 2026 y, durante unos días, parece que el mundo necesita recuperar el aliento. Incluso quienes apenas seguimos este deporte hemos vivido bajo una especie de cerco mediático. Los partidos ocupaban los informativos, las redes sociales, las conversaciones familiares, los escaparates y la publicidad. Era difícil encender una pantalla sin encontrar un resultado, una polémica arbitral, una celebración o el rostro de algún jugador convertido en héroe nacional.
Confieso que nunca he sido seguidor del fútbol. Gracias a Juan (mi hijo) y a mi alumnado de 15 a 18 años, no permanezco desatendido sobre cómo va la liga o qué jugadores son la estrella del momento. Por lo tanto, desconozco muchas de sus reglas tácticas, apenas sigo las competiciones y suelo enterarme tarde de los fichajes. Sin embargo, hay acontecimientos sociales de los que nadie queda completamente fuera. El fútbol posee esa capacidad: entra en las casas, altera los horarios, organiza las conversaciones y modifica durante unas horas el estado de ánimo de millones de personas.
Una mirada desde la música
Por eso, una vez terminada la competición, me he preguntado qué se esconde detrás de semejante fascinación. La cuestión que me interesa tiene poco que ver con los resultados. Tampoco pretendo decidir quién ha sido el mejor jugador del torneo. Me pregunto qué revela el fútbol acerca de nuestra manera de vivir juntos.
Quizá pueda acercarme a este fenómeno desde algo que conozco mejor: la música.
He visto muchas veces cómo un grupo de personas muy distintas se reúne para cantar. Cada voz conserva su timbre, su fragilidad, incluso sus errores. Cuando el coro comienza, esas voces encuentran un lugar común. Nadie desaparece dentro del conjunto. Cada uno necesita escuchar a los demás para que la música respire. Algo semejante debe de ocurrir en un estadio.
Una multitud canta, espera, sufre y celebra al mismo tiempo. Durante noventa minutos, personas que quizá nunca conversarían comparten una esperanza elemental: que una pelota atraviese una línea. Visto desde fuera, puede parecer desmesurado. Visto desde dentro, es una experiencia de pertenencia.
Filósofos en el campo de juego
Me asomo a los pensadores filosóficos de primera división para asesorarme sobre el tema. Johan Huizinga (1872-1945) explicó en Homo ludens que el juego constituye uno de los fundamentos de la cultura. Jugamos antes de elaborar teorías sobre el mundo. El juego crea reglas, abre un tiempo distinto y reúne a quienes participan en una realidad provisional. Durante el partido, la vida cotidiana queda suspendida. El estadio se convierte en un espacio simbólico y el resultado adquiere una importancia que, fuera de ese recinto, resultaría difícil de justificar. El fútbol permite entrar en ese territorio compartido. Una pelota, unas líneas pintadas sobre el suelo y un conjunto de normas bastan para crear un pequeño mundo.
La pelota sigue siendo inocente
Tras el Mundial, encontré una intervención del médico y senador paraguayo Ignacio Iramain Chilavert (1952-). Hablaba del fútbol desde una perspectiva poco habitual en un discurso político. Su reflexión partía de una afirmación sencilla y profunda: «La pelota sigue siendo inocente».
La frase me acompañó durante varios días.
Iramain contrapone dos maneras de comprender este deporte. Eduardo Galeano (1940-2015) veía el fútbol como una forma de poesía popular. En sus páginas aparecen los jugadores de barrio, los estadios, la memoria de los derrotados y la belleza irrepetible de una jugada. El fútbol era para él una narración colectiva, una alegría de los humildes y una resistencia frente a la monotonía.
Jorge Luis Borges (1899-1986) observaba el fenómeno desde otra orilla. Desconfiaba del entusiasmo de las masas y de la facilidad con la que una multitud puede entregar su juicio a una bandera. Allí donde Galeano descubría poesía, Borges percibía el riesgo del fanatismo.
Ambos señalaron algo verdadero. El fútbol puede crear comunidad. También puede despertar agresividad, tribalismo y obediencia emocional. Puede enseñar a cooperar, aceptar la derrota y reconocer el mérito del adversario. También puede convertir al rival en enemigo. La pasión humana siempre contiene esa ambivalencia.
Fútbol como lenguaje
Pier Paolo Pasolini (1922-1975), escritor, cineasta y gran aficionado al fútbol, decía que este deporte era un lenguaje. Algunos jugadores escribían prosa; otros componían poesía. La comparación resulta especialmente sugerente porque devuelve el juego al terreno de la creatividad. Un pase inesperado, un regate o una combinación colectiva pueden expresar una inteligencia corporal difícil de traducir mediante palabras.
Hay belleza en el fútbol. Incluso alguien ajeno a él puede reconocerla.
Cuando el juego se convierte en negocio
El problema aparece cuando esa experiencia compartida queda atrapada por una maquinaria económica que aprende a explotar cada emoción. Los clubes se convierten en marcas internacionales. Los estadios adoptan nombres comerciales. Las camisetas funcionan como escaparates publicitarios. Los horarios se organizan alrededor de las audiencias globales. Los futbolistas más jóvenes son contemplados como activos futuros y las casas de apuestas acompañan cada partido como una sombra.
El deporte genera riqueza, empleos y actividad económica. Todo ello forma parte de su realidad contemporánea. La dificultad surge cuando el beneficio ocupa el centro y el juego queda relegado a la condición de instrumento.
Economía de mercado vs. sociedad de mercado
Michael Sandel (1953-) distingue entre una economía de mercado y una sociedad de mercado. En una economía de mercado compramos y vendemos determinados bienes. En una sociedad de mercado, la lógica del precio termina invadiendo casi todos los ámbitos de la existencia. La educación, la salud, la cultura, el ocio y hasta las relaciones personales empiezan a evaluarse mediante criterios de rentabilidad.
El fútbol muestra con enorme claridad esta transformación. Nació como juego y terminó convertido en industria. Creció en los barrios y ahora se administra desde despachos financieros. Se alimenta de la identidad de los aficionados y, al mismo tiempo, trata a esos aficionados como consumidores.
La camiseta conserva el escudo, aunque cada temporada cambia para alimentar el mercado. El estadio continúa siendo la casa simbólica del club, aunque las entradas resulten cada vez más inaccesibles para muchas familias. Los partidos mantienen sus noventa minutos, aunque todo lo que los rodea haya sido diseñado para multiplicar el consumo.
El espectáculo y la atención
Guy Debord (1931-1994) describió en La sociedad del espectáculo una cultura donde la representación termina ocupando el lugar de la experiencia. El espectáculo presenta la vida convertida en imagen. Miramos, consumimos y comentamos una realidad producida para nosotros desde otros lugares. El Mundial constituye una expresión gigantesca de esa lógica. Durante semanas, el planeta contempla las mismas imágenes, escucha los mismos relatos y participa en una emoción cuidadosamente retransmitida. La experiencia sigue siendo real, aunque llega acompañada por una compleja industria narrativa que selecciona héroes, fabrica rivalidades y convierte cada instante en contenido.
Byung-Chul Han (1959-) ha analizado una sociedad donde todo debe mostrarse, circular y generar atención. Bajo esta lógica, el valor de una experiencia depende cada vez más de su visibilidad. El gol existe también como repetición, vídeo breve, estadística, meme y pieza publicitaria. A veces da la impresión de que el acontecimiento ha sido diseñado para su reproducción antes de haber terminado de suceder.
La música conoce bien este proceso. Una canción puede nacer de una experiencia íntima, de una pérdida, de una oración o de una esperanza. Después entra en las plataformas, se mide en reproducciones y compite por unos segundos de atención. La obra permanece, aunque alrededor de ella crece una lógica que la empuja a ser más breve, más inmediata y más fácilmente comercializable. Con el fútbol ocurre algo parecido. La pasión continúa siendo auténtica. El negocio que la rodea intenta dirigirla, medirla y rentabilizarla.
Lecciones del coro y del equipo
He dirigido muchas veces a un coro y sé que la música pierde algo esencial cuando cada cantante únicamente desea sobresalir. Un coro existe gracias a la escucha mutua. La voz más hermosa puede destruir el conjunto cuando olvida a las demás. La armonía exige renunciar a una parte del protagonismo.
Un equipo también depende de esa forma de escucha corporal. El jugador recibe el balón porque otro ha comprendido el movimiento. Cada pase contiene confianza. Cada desmarque supone que alguien será capaz de verlo. El juego colectivo expresa una verdad humana muy sencilla: nadie llega solo.
Resonancia y comunidad
Hartmut Rosa (1965-) habla de «resonancia» para describir aquellas experiencias en las que el mundo deja de presentarse como un objeto disponible y comienza a respondernos. Hay resonancia cuando algo nos conmueve y establece con nosotros una relación que no controlamos por completo.
Un partido puede provocar esa experiencia. También una canción, una conversación o una celebración comunitaria. En esos momentos dejamos de ser espectadores distantes y sentimos que pertenecemos a algo.
El mercado intenta apropiarse de esa resonancia, aunque nunca logra producirla totalmente. Puede vender una entrada, una camiseta o una suscripción. No puede fabricar el abrazo espontáneo después de un gol. Puede diseñar campañas de publicidad en torno a la infancia. No puede reproducir la emoción de un padre que lleva por primera vez a su hijo al campo donde él aprendió a querer unos colores. Puede convertir un club en una empresa global. No puede comprar del todo la memoria que une a una familia con ese club.
La inocencia que perdura
Ahí cobra sentido la frase de Ignacio Iramain: «La pelota sigue siendo inocente».
La pelota conserva la sencillez del juego. Rueda igual en un gran estadio y en un patio de colegio. No conoce los derechos televisivos, los fondos de inversión ni los contratos publicitarios. Obedece al golpe que recibe, a la gravedad y a la irregularidad del terreno.
Jacques Maritain (1882-1973) defendió una concepción de la persona cuya dignidad desborda cualquier cálculo utilitario. El ser humano nunca puede quedar reducido a productor, consumidor o pieza de una estructura económica. Esta idea puede extenderse a las comunidades y a los bienes que surgen dentro de ellas.
Hay realidades cuyo valor depende de que sean compartidas. Una amistad posee una riqueza que ningún precio expresa. Una canción cantada en común adquiere un sentido distinto al de un producto musical. Un club puede ser una empresa y, al mismo tiempo, guardar la memoria de un barrio, de una ciudad y de varias generaciones.
El bien común y el fútbol de base
Desde la perspectiva del bien común, el fútbol debería conservar esa dimensión comunitaria. Los clubes formadores, las escuelas deportivas, los campos de barrio y las pequeñas asociaciones sostienen una cultura del encuentro que rara vez aparece en los grandes anuncios. Allí se aprende a convivir con el fracaso, a respetar unas reglas y a comprender que el propio talento necesita de otros.
El fútbol profesional puede olvidar estas raíces. El juego popular las recuerda cada tarde.
Conclusión: ¿quién se ha quedado con el juego?
Tal vez por eso, aunque nunca haya sido un seguidor de este deporte, comprendo algo de su fuerza. La he visto en la música. La he sentido cuando muchas voces diferentes se han unido en una misma canción. Durante unos minutos desaparecen las distancias y surge una comunidad frágil, efímera y verdadera.
El fútbol también puede producir ese milagro civil. Después llegan el dinero, los intereses, la propaganda y el espectáculo. Sin embargo, en algún lugar siguen habiendo unos niños que colocan dos mochilas en el suelo y deciden que entre ellas está la portería. No necesitan cámaras. Tampoco patrocinadores. Les basta una pelota y un poco de tiempo.
Quizá allí continúe viviendo la verdad del fútbol. La pelota sigue siendo inocente. Conviene preguntarse quién se ha quedado con el juego.
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