¿También hemos de permitir que la IA fiscalice los territorios más íntimos y delicados de la experiencia humana?
Imaginemos algo bastante sencillo. Muere una persona a la que queremos y, pasado un tiempo, un día abrimos WhatsApp y buscamos su nombre. Allí sigue. La fotografía, los mensajes, los audios que enviaba, aquella felicitación de cumpleaños, una discusión absurda, un «cuando llegues avísame» que ahora resulta difícil de leer. Muchos tenemos personas fallecidas que continúan habitando nuestros teléfonos de esta manera extraña: están ausentes de nuestra vida y, al mismo tiempo, una parte de su historia permanece a pocos centímetros de nuestros dedos.
Ahora demos un pasito más. Imaginemos que pudiéramos escribir: «Papá, hoy he tenido un día horrible». Y unos segundos después apareciera en la pantalla una respuesta: «Bueno, ya sabes lo que te diría yo. Mañana lo verás de otra manera. Descansa». Además, utiliza sus expresiones, hace aquella broma que repetía siempre, recuerda dónde pasábamos los veranos, sabe cómo se llamaba nuestro perro e incluso escribe ese «bueno, bueno...» tan suyo.
Nuestro padre murió hace tres años. Quien acaba de contestarnos es una inteligencia artificial.
Esto ya tiene un nombre: thanabot. Y no sé si me gustaría algo así.
La palabra procede del griego thánatos, muerte, y del conocido bot. También se utilizan términos como griefbots, deadbots, avatares póstumos o fantasmas digitales. Se trata de sistemas de inteligencia artificial construidos a partir de los rastros que una persona ha ido dejando durante su vida: conversaciones, correos electrónicos, fotografías, vídeos, publicaciones, grabaciones de voz y toda esa inmensa biografía involuntaria que hoy vamos depositando en teléfonos, ordenadores y servidores.
Con suficiente material, una inteligencia artificial puede aprender determinadas formas de hablar, reconocer datos biográficos, reproducir expresiones características y generar mensajes nuevos. Si añadimos clonación de voz, puede hablarnos; si incorporamos imagen generada y un avatar, también podemos contemplar un rostro que mueve los labios mientras se dirige a nosotros. Aquello que hace pocos años pertenecía casi exclusivamente a capítulos de Black Mirror comienza a formar parte de una discusión tecnológica y ética perfectamente real.
Las personas fallecidas siempre han seguido presentes
Nuestra relación con quienes han fallecido jamás ha consistido simplemente en olvidarlos. Guardamos fotografías y cartas, visitamos cementerios, ponemos flores, escuchamos la voz de alguien en una vieja grabación (si nos atrevemos), seguimos preparando una receta de nuestra madre veinte años después de su muerte, encendemos una vela o contamos a nuestros hijos historias de unos abuelos que, quizás, nunca llegaron a conocer.
Incluso hablamos con ellos. Decimos «qué diría mi padre si viera esto», «mamá, ayúdame» u «ojalá estuvieras aquí». La humanidad lleva milenios haciendo cosas parecidas porque el recuerdo forma parte del duelo y también del amor. La ausencia física de alguien no borra automáticamente la relación que hemos construido con esa persona.
El thanabot, sin embargo, introduce algo distinto en esa antiquísima experiencia: el recuerdo comienza a contestarnos. Una fotografía permanece en silencio, una carta conserva las palabras que alguien realmente escribió y un vídeo reproduce unos minutos que sucedieron alguna vez. El thanabot puede generar frases nuevas que aquella persona jamás pronunció.
Esto, para mí, es un cambio profundo. Es posible que esas palabras resulten extraordinariamente verosímiles y que incluso nos emocionen porque reconocemos en ellas una expresión familiar, un tono, una manera de responder. Sin embargo, han sido producidas por un sistema que calcula qué respuesta resulta plausible a partir de los datos disponibles. La persona recordada adquiere así una inquietante capacidad de improvisación después de su muerte.
«¿Qué me aconsejaría mi madre?»
Pensemos en una situación todavía más cercana. Una mujer pierde a su madre después de muchos años de convivencia y conserva miles de conversaciones de WhatsApp y centenares de audios. Una empresa utiliza ese material para crear una réplica conversacional. Al principio le pregunta cosas pequeñas: «¿Cómo hacías las lentejas?», «¿Dónde comprabas aquello que le gustaba tanto a papá?». Las respuestas pueden resultar entrañables y quizá le permitan recuperar recuerdos que creía olvidados.
Pero un día la conversación cambia: «Mamá, estoy pasando por una muy mala época en el trabajo. ¿Tú qué harías?».
Considero que aquí aparece un problema filosófico formidable. ¿Quién está aconsejando realmente a esa mujer? Su madre tuvo una historia, un cuerpo, contradicciones, cambios de opinión, experiencias y estados de ánimo. Quizá habría contestado una cosa con sesenta años y otra con ochenta. Tal vez aquella tarde habría estado cansada, se habría enfadado con la pregunta o habría dicho algo completamente inesperado. Una persona conserva siempre cierta capacidad para sorprendernos; un algoritmo trabaja con las huellas que esa persona dejó.
Por eso la cuestión de la identidad resulta tan interesante. ¿Cuántos datos hacen falta para reconstruir a alguien? ¿Diez mil mensajes? ¿Toda su correspondencia? ¿Cien horas de conversación? Podríamos entregar a una inteligencia artificial todos los artículos que he escrito, mis libros, mis clases, mis mensajes, mis fotografías, mis grabaciones y mis conversaciones. Tendría muchísimo material sobre mí y podría llegar a construir un «Juan» bastante convincente.
Quedaría abierta, sin embargo, una pregunta difícil: ¿ese Juan sería realmente yo?
Ricoeur tendría algo que decir
Paul Ricoeur explicó que nuestra identidad posee una dimensión narrativa. Somos también la historia que contamos de nuestra vida y la que otros pueden contar sobre nosotros. Los thanabots parecen llevar esta intuición hasta un territorio que Ricoeur difícilmente podía imaginar, porque nuestra biografía digital proporciona hoy una cantidad de material narrativo que ninguna generación anterior dejó tras de sí.
Nuestros abuelos quizá dejaron unas decenas de fotografías y algunas cartas. Nosotros podemos dejar 40.000 fotografías, años enteros de conversaciones, vídeos familiares, notas de voz, correos electrónicos, publicaciones y documentos. Nunca habíamos acumulado tantos restos de una vida, hasta el punto de que una parte considerable de nuestra existencia cotidiana puede permanecer almacenada después de nuestra muerte.
Pero una vida tampoco cabe entera en sus restos. Aquí resulta especialmente sugerente Emmanuel Levinas, para quien el otro posee una alteridad que jamás puedo reducir completamente a mis categorías. Siempre hay algo de la otra persona que se me escapa y precisamente esa imposibilidad de poseerla por completo forma parte de nuestra relación con ella.
El thanabot introduce un movimiento, como mínimo, inquietante: transforma palabras, gestos, recuerdos, preferencias y voz en información procesable. Con todo ello puede producir una versión extraordinariamente creíble de una persona. La copia puede parecerse muchísimo al original y continuar dejando fuera una parte esencial de su existencia. Tal vez esta sea una de las confusiones que tendremos que aprender a manejar durante los próximos años: parecido e identidad significan cosas distintas.
¿Y qué ocurre con el duelo?
Esta cuestión me parece todavía más delicada. El duelo tiene algo profundamente humano porque obliga a convivir con una ausencia. Entramos en casa y aquella persona ya no está. Durante un tiempo seguimos esperando escuchar sus llaves, miramos instintivamente hacia su sillón o estamos a punto de llamarla por teléfono. Después recordamos. Poco a poco aprendemos a vivir con esa ausencia, aunque nunca desaparezca completamente.
¿Qué ocurre si una aplicación nos ofrece seguir conversando con esa persona? Algunas investigaciones recientes plantean precisamente la ambivalencia de estas tecnologías. En determinadas circunstancias pueden proporcionar consuelo, facilitar el recuerdo o permitir expresar sentimientos pendientes. Al mismo tiempo, pueden generar una vinculación cada vez mayor con la simulación y alterar el proceso mediante el cual aprendemos a relacionarnos con la pérdida. Algunos investigadores han comenzado a hablar, con bastante acierto, de una «ética del duelo».
Hay experiencias humanas que merecen cierta cautela antes de convertirlas en servicios tecnológicos. Hemos desarrollado aplicaciones para el sueño, la tristeza, la soledad, las relaciones sentimentales, la meditación o el miedo. Era previsible que la muerte terminara entrando también en esta lógica. Pero, ¿quién será propietario de nuestras presencias digitales cuando hayamos fallecido?
Su madre está disponible por 9,99 euros al mes
Imaginemos una empresa que conserva el modelo digital de una persona fallecida y permite a sus hijos conversar con ella mediante una suscripción. La situación parece exagerada hasta que empezamos a pensar en el funcionamiento habitual de cualquier servicio digital. ¿Qué sucede si los familiares dejan de pagar? ¿Qué ocurre si la empresa desaparece? ¿Puede vender el sistema a otra compañía? ¿Quién controla los datos? ¿Sería imaginable que un día la reproducción digital de nuestro padre introdujera recomendaciones comerciales en mitad de una conversación?
La investigación académica ya estudia una auténtica industria de la vida digital después de la muerte, con problemas relacionados con la comercialización del duelo, la privacidad y el consentimiento. Quizá yo quiera que mis fotografías permanezcan cuando muera y, al mismo tiempo, rechace que alguien construya con ellas un avatar capaz de hablar en mi nombre. Una cosa no lleva necesariamente a la otra.
¿Quién debería decidirlo? En principio, la propia persona. El problema aparece cuando jamás dejó instrucciones. Entonces tendremos que preguntarnos qué derechos corresponden a la familia, qué pueden hacer las empresas que conservan los datos y hasta dónde llega nuestra capacidad de decidir sobre la identidad digital de alguien que ya ha fallecido.
Durante siglos hemos hecho testamento sobre casas, dinero, tierras, libros o pequeños objetos cargados de valor sentimental. Quizá tengamos que acostumbrarnos a una nueva modalidad de testamento digital donde decidamos también qué puede hacerse con nuestra voz, nuestras imágenes, nuestros textos y la inmensa cantidad de información que dejamos detrás.
El viejo sueño de vencer a la muerte
En el fondo, todo esto tiene una historia antiquísima. Gilgamesh ya buscaba escapar de la muerte. Los faraones levantaron pirámides. Las religiones llevan milenios pensando la supervivencia, la resurrección, la trascendencia y la vida eterna. Los seres humanos sabemos que vamos a morir y buena parte de nuestra cultura ha nacido del intento de comprender qué significa esa certeza.
Nuestra época aporta una posibilidad peculiar: fabricar presencia. Podemos conservar una voz, reconstruir un rostro y generar una conversación. Cuanto más perfecta sea la tecnología, más difícil resultará distinguir emocionalmente entre el recuerdo de una persona y la experiencia de estar interactuando con ella.
Llegará probablemente un momento en que escuchar la voz de alguien fallecido resulte extraordinariamente convincente. Lo veremos mirarnos desde una pantalla, recordará anécdotas familiares, utilizará determinadas bromas y nos llamará por nuestro nombre. Para muchas personas la tentación de prolongar esa relación será enorme.
También puede haber usos hermosos. Una nieta podría conocer la historia de su familia a través de testimonios grabados por su abuelo. Un archivo interactivo permitiría conservar recuerdos que de otra manera desaparecerían. Una persona consciente de la proximidad de su muerte podría decidir qué mensajes desea dejar a sus hijos y cómo quiere que sean utilizados. Sería absurdo ignorar estas posibilidades por miedo a la tecnología.
Pero conviene mantener una idea bastante sencilla: una huella humana puede guardar mucho de una persona, aunque nunca consiga agotarla.
Tal vez la pregunta decisiva de los thanabots termine siendo mucho más antigua que la inteligencia artificial: ¿qué significa recordar bien a alguien?
Recordar implica conservar fotografías, repetir historias, escuchar una canción, volver a determinados lugares y descubrir, muchos años después, que utilizamos una expresión de nuestro padre o hacemos un gesto idéntico al de nuestra madre. También implica aceptar que ya no podemos preguntarles qué piensan sobre lo ocurrido esta mañana. Podemos imaginar su respuesta, releer sus cartas, escuchar su voz y contar sus historias. Existe un límite, y ese límite duele.
La tecnología contemporánea mantiene una relación complicada con los límites. El envejecimiento, la espera, el silencio, la incertidumbre, la distancia y la muerte aparecen con frecuencia como fronteras que deberían poder superarse mediante alguna solución técnica. Quizá algunos límites tengan también algo que enseñarnos acerca de lo que somos.
Cuando fallece alguien querido queda un vacío y, con los años, aprendemos de alguna manera a vivir alrededor de él. Seguimos queriendo a esa persona, hablamos de ella, recordamos sus gestos y alguna vez nos sorprendemos diciendo exactamente aquella frase que repetía siempre. De una manera difícil de explicar, continúa presente en quienes la quisieron.
Pero ahora la inteligencia artificial quiere construir otra clase de presencia, una presencia capaz de hablarnos, de contestarnos y de ocupar, al menos durante unos minutos, el lugar de quien ya no está.
He pensado bastante en ello mientras escribía estas líneas y, desde mi propia experiencia de la pérdida, tengo que decir que la idea de los thanabots me produce más inquietud que consuelo. Respeto profundamente que cada persona viva el duelo a su manera y que alguien pueda encontrar alivio conversando con una recreación digital de quien quiso. Yo no lo haría. Hay algo demasiado serio en la muerte, en la ausencia y también en el amor que permanece después de ella como para sentirme cómodo creando una ilusión tecnológica de presencia.
Cuando alguien querido fallece, quedan muchas cosas: fotografías, canciones, objetos, palabras que recordamos de memoria, lugares que ya nunca volvemos a mirar de la misma manera. Queda incluso esa extraña costumbre de hablar interiormente con quienes ya no están. Todo eso forma parte de nuestra historia con ellos. Pero hay también un silencio que pertenece a la ausencia y que, por doloroso que resulte, merece ser respetado.
Quizá por eso prefiero recordar a las personas que he querido tal como fueron, con sus palabras verdaderas, sus gestos, sus contradicciones y todo aquello que dejaron en mí. No necesito que un algoritmo imagine qué me dirían hoy. Prefiero echarlas de menos. También esa ausencia, por difícil que sea aceptarla, forma parte del amor.
Para profundizar
Para quienes quieran conocer mejor qué son los thanabots y, sobre todo, pensar las consecuencias que pueden tener en nuestra manera de vivir la ausencia, recomiendo el artículo de Joshua Hurtado Hurtado y Jason Glynos, «Thanabots, fantasy, and the ethics of mourning», publicado en 2026 en la revista académica AI & Society. Los autores estudian experiencias reales y posibles usuarios de estas tecnologías y plantean una cuestión que atraviesa también mi reflexión: qué ocurre con el duelo cuando la inteligencia artificial permite mantener una relación interactiva con una representación digital de la persona fallecida. Especialmente sugerente resulta su propuesta de pensar una «ética del duelo», precisamente porque la tecnología entra aquí en uno de los territorios más íntimos y delicados de la experiencia humana.
Os dejo el enlace y mi cariño: https://link.springer.com/article/10.1007/s00146-026-03200-9?utm_source=chatgpt.com
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